Imagínate llegar a un país extranjero. Tienes la oportunidad de explorar nuevos lugares, conocer nueva gente, comer tipos de comida que nunca antes habías probado... Esta es la situación ideal, sin embargo, orientarse en un entorno desconocido no siempre es fácil.
Mi madre se mudó de Ecuador a Bélgica en el 2003. Al principio, la nueva comunidad la excluyó. La veían como una extranjera, una madre soltera con costumbres desconocidas, como invitar espontáneamente a la gente a casa sin siquiera conocerla. Sintió el rechazo, pero no se desanimó. Aprendió neerlandés e intentó hacer amigos visitando todas las tiendas y hablando con la gente. Finalmente, encontró su lugar en la comunidad.
El año pasado, mi prima se mudó a España. A través de las redes sociales se mantiene en contacto con su familia en Ecuador, que la conforta cuando echa de menos su casa. También ha encontrado amigos latinoamericanos y lugares preciosos que explorar. Pero apenas conoce la cultura española y casi no tiene amigos españoles.
Es importante de mantener el contacto con tu familia, tu origen, tu propia cultura. Es lo que te hace único. En este mundo cada vez más individualista, con las redes sociales es más fácil escapar de la realidad por un momento. Sin embargo, aislarte de la nueva comunidad y cultura no es la solución. Somos seres sociales y por tanto necesitamos conexiones humanas. Forjar relaciones con personas de culturas diferentes es muy gratificante.
Si escuchamos las historias de los demás y observamos las diferencias culturales con curiosidad, podemos generar compasión. Como resultado, descubrimos un mundo en el que las conexiones interculturales se complementan.
Traducido por: Asmae Maataoui