
Ángela, de 21 años, vive en el distrito de Marracuene, en la provincia de Maputo. Cuando tenía diecinueve años, se quedó embarazada de un chico del barrio que la abandonó al descubrir que esperaba un hijo.
Por miedo a decírselo a sus padres, Ángela se lo contó a una compañera de la escuela que le informó de que había una farmacia que vendía pastillas abortivas.
Además de estudiar, Angela vendía verduras en el mercado del pueblo de Marracuene. De la venta de verduras sacó el dinero para comprar las pastillas para el aborto.
Angela compró las pastillas y las utilizó según las recomendaciones del farmacéutico.
Días después se quejó de sufrir dolores. Sangró mucho y perdió sangre, lo que le provocó anemia, y la llevaron al hospital. Bajo el consejo de una enfermera, se enteró en el hospital de que el aborto es legal, eficaz y gratuito.
A pesar de que la ley de Mozambique ha legalizado el aborto dentro de las doce primeras semanas, todavía hay mujeres que optan por la práctica del aborto clandestino, lo que provoca muchas complicaciones para su salud.